(Ocoña 9 de febrero de 2009). Lejano a su nacimiento en las lagunas glaciares al pie de los altísimos volcanes arequipeños y después de atravesar los profundos abismos del cañón de Cotahuasi, el río Ocoña llega a su encuentro con el mar. Una demostración de vida, fuerza y renovación que se manifiesta en su máximo esplendor cuando, como hoy, llega el río oscuro y cargado por las abundantes lluvias serranas.
El respeto que los peruanos del campo siempre han sentido por este momento esta simbolizado por las “apachetas” que encontramos al borde de la carretera; encuentro de espacios geográficos y culturales, cuyo misticismo fue, en tiempos anteriores, celebrado con la construcción de importantes santuarios y templos donde habitaron dioses de tanto poder como en Chavín y Pachacámac.

Apachetas en el camino.
De nosotros y de las políticas ambientales que sigamos depende la salud y limpieza de las aguas de nuestro planeta y sus ciclos vitales, fundamentos de vida. No olvidemos -como pidiese el recientemente desaparecido y sabio Cabieses- el ancestral culto al agua.

En la desembocadura del Ocoña, cuando el río encuentra al mar...

En el valle de Ocoña.